Rafael Luis Gumucio Rivas
El ministro José Antonio Viera-Gallo posee la habilidad y fineza de los cardenales vaticanos: puede poner de acuerdo a progresistas jesuitas con los fascistas Opus Dei, y lograr que elijan en el “conclave” un “Papa” de consenso. Como Maquiavelo, no se sabe si sólo ama el poder, o si es un gran y brillante pensador de la “democracia de los consensos”. En el caso de Nicolás Maquiavelo, tampoco se sabe si su libro El Príncipe contiene consejos a los tiranos para apropiarse y conservar el poder, o un tremendo sarcasmo republicano.
¿Cómo congeniar la admiración por la virtud romana, en la década de Tito Livio, con la devoción por tiranos como Fernando de Aragón y César Borgia? ¿Era un patriota italiano o un simple oportunista? Las preguntas se pueden multiplicar por mil. Por cierto, José Antonio Viera-Gallo no tiene la fama, ni la genialidad de nuestro pensador florentino, sin embargo, se pueden establecer algunas comparaciones: cuando Viera-Gallo era un revolucionario joven y bello se tomó un juzgado, en Melipilla, hazaña que nuestro “repúblico” jamás repetiría; eran los tiempos del Mapu, partido izquierdista para la “gente bien”. Estos jóvenes consideraban “momios” incluso a los rogelios comunistas y querían la revolución ininterrumpida.
Hoy, José Antonio Viera-Gallo es un cardenal maduro, serio y moderado y ya ha olvidado sus locuras revoltosas de su juventud. La “congregación del Mapu lleva casi dos decenios en el poder, único norte de su existencia. Como nuestro cardenal es muy inteligente, decidió militar en el partido socialista, donde no existe una doctrina establecida, y lo único que importa es pertenecer a una de las tantas fracciones que se turnan en el poder. Es verdad que la carrera política de José Antonio no siempre ha marchado sobre rosas: una vez tuvo que pedir perdón al tirano Pinochet y, en otra, fue desplazado por el proletario chascón, Alejandro Navarro, en la definición de la candidatura a senador por
Estos iniciales éxitos de José Antonio Viera-Gallo me recuerdan las gestiones de mi abuelo, Manuel Rivas Vicuña, cuando, como ministro de Emiliano Figueroa, quiso exorcizar el peligro de la dictadura militar de Carlos Ibáñez del Campo. A Manuel Rivas lo llamaban “portalino” por su parecido físico e intelectual con el famoso ministro. Cito al historiador Alberto Edwards, en su libro La fronda aristocrática, donde hace un lúcido retrato de este ilustre personaje:
“Don Manuel Rivas Vicuña. Hombre de extraordinaria inteligencia, de espíritu ágil y sagaz, de carácter enérgico. Profundamente versado en administración pública, diestro en los ardides, laborioso y perseverante, de una alta probidad personal, el señor Rivas reunía la mayor parte de las cualidades que hacen a los grandes estadistas. Sus deficiencias eran las del régimen en que le tocó actuar, con el que había llegado, por decirlo así, a identificarse mentalmente. Conocía a la perfección sus secretos y sus métodos, y los condujo a ese refinamiento que muchas veces anuncia la decadencia. Por eso fue feliz en casi todas sus combinaciones de detalle y desgraciado en alcanzar los fines que perseguía. A la larga, Sanfuentes lo venció en 1915 y Alessandri en 1920. Si lo comparáramos con un ajedrecista diríamos que cada una de sus jugadas era maestra, pero el plan conjunto mucho menos bien combinado. Los que no lo conocían pudieron dudar que tuviera alguno” (Edwards Vives, pág. 212:1928).
Viera Gallo calza perfectamente con este personaje: es la encarnación perfecta del régimen llamado de la “democracia de los acuerdos”, es un táctico de alta calidad, capaz de dejar contentos, a la vez, a la derecha y al partido comunista. Al igual que “portalito”, conoce ampliamente las ambiciones y pequeñas querellas de los diputados de la casta, por eso, en un dos por tres, logra la aprobación del Contralor, como lo hiciera Rivas Vicuña con las “facultades extraordinarias”; la única diferencia es que Rivas Vicuña fue enviado al exilio por un hombre bruto e ignorante, el famoso “caballo Ibáñez, pero que tenía un objetivo, y Viera-Gallo, afortunadamente, no tiene que lidiar contra un militarote, sino convencer a la dulce y carismática Presidenta. Ambos anuncian el fin de un régimen de castas, cada vez más lejano de los ciudadanos, que pasan de la furia a la paciencia musulmana y, por qué no, a una especie de anomia nihilista. No sabemos el día en que los corderos se transformarán en leones. ¡Ojalá los pille confesados en esta Semana Santa!

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