La Coctelera

THE PASKIN, UN DIARIO DELIRANTE Y DE MALA LECHE

Para ponernos de rodilla nos tienen que cortar las piernas

25 Marzo 2007

COMO SI FUERA HOY: LA GUERRA DEL SALITRE


Rafael Luis Gumucio Rivas

La Constitución dictatorial de 1980, reformada por el presidente Ricardo Lagos y todos sus ministros, no piensa garantizar ni la libertad de opinión, ni la igualdad ante la ley, mucho menos la libertad de enseñanza, pues sólo garantiza la libertad de empresa. No podía ser de otra manera si consideramos su matriz conservadora y neoliberal. Los diarios pertenecen a dos grandes compañías, El Mercurio y Copesa; los canales de televisión a dos grandes millonarios, Ricardo Claro y Sebastián Piñera.

Hay un Canal estatal, que tiene hoy un directorio supuestamente pluralista, y otro católico, razón por la cual no es nada extraño que se haya censurado el programa Epopeya, que trata de la guerra del salitre. Como la censura es una fea palabra dictatorial en estos tiempos, se disimula con una llamada telefónica del ministro Foxley al director del canal nacional a su director, Francisco Vidal. En el Chile de hoy las órdenes se llaman sugerencias: es muy peligroso para nuestras relaciones con el Perú pasar la famosa cinta Epopeya. Son tan débiles nuestras relaciones con los países vecinos que el solo hecho de recordar a historia puedan resucitar conflictos ya zanjados. ¿No sería mejor declarar inexistente el pasado, por medio de un decreto, como lo propone el un famoso ideólogo norteamericano? ¿Es que el público latinoamericano es tan ignorante que nuestros ilustrados lo creen incapaz de analizar la historia?

¿Nos les parece., queridos lectores, que este es un nuevo insulto a nuestra inteligencia? Como no he visto el documental de marras, me veo obligado a opinar, basado en comentarios que se han filtrado en la prensa. Al parecer, Rafael Cavada intentó basar la historia en un soldado desconocido, apoyándose en versiones de historiadores chilenos, peruanos y bolivianos. De todas maneras, esta forma de ver la historia es más verídica que la de historiadores conservadores de profesión, como la del militarista Gonzalo Bulnes y del nacionalista racista, Francisco Antonio Encina.

Para empezar, el nombre de “guerra del Pacífico” es completamente falso, más adecuado sería denominarla como la “guerra del impuesto de diez centavos” o “la guerra del salitre”. Su origen y desarrollo es meramente económico: el gobierno de Aníbal Pinto estaba sufriendo la peor crisis económica del siglo XIX y, para evitar el default tuvo que terminar con el patrón oro y reemplazarlo por el papel moneda; el Perú también estaba en crisis por lo cual se vio obligado a nacionalizar el salitre; los bonos peruanos estaban completamente devaluados. Es cierto que, además, existían intrigas diplomáticas con los vecinos, en especial el Tratado secreto entre Perú y Bolivia.

En esta guerra de intereses económicos, como siempre, se confunde la leyenda con la realidad: la famosa chupilca del diablo –mezcla de pólvora con aguardiente – es una entretenida invención del radio teatro Adiós al séptimo de Línea , del famoso escritor Jorge Inostroza, obra que provocó mi interés por la historia. En el fondo, los soldados eran cazados por las famosas levas forzosas, y dudo que estarían dispuestos a ir a morir, dirigidos por los ineptos generales. Es sabido que Manuel Baquedano tenía menos vocabulario que el hoy George Bush. La oligarquía ha sido muy inteligente para inventar sus propios héroes: en la guerra del salitre lo fueron los ministros civiles Rafael Sotomayor, padre del carnicero de la matanza de Santa María de Iquique; posteriormente lo fue José Francisco Vergara, radical, masón millonario y dueño de la Quinta que lleva su apellido. Mario Rivas, un periodista famoso y mordaz, escribió una monstruosa obra de teatro, cuya trama consistía en el abrazo entre Juan Verdejo y un aristócrata; según el autor, estos dos personajes habían ganado la Guerra del Pacífico. La oligarquía inventó el personaje Patricio Lynch, una especie de virrey británico, que dirigió la ocupación de Lima. Los soldados se dedicaron, brutalmente, a violar a cuanta niña peruana encontraron y, hasta hoy, no hemos devuelto los tesoros artísticos y literarios, robados a la capital del Rimac y, como en Chile todo es falso, la famosa estatua de Baquedano, en la Plaza Italia, corresponde al general Foch, héroe francés de la Primera Guerra Mundial. Según el escritor Genaro Prieto, Arturo Prat perteneció a la cofradía de los rotarios, personas muy buenas para comer; miren que al héroe de Iquique se le ocurrió, nada menos, que preguntar que si había almorzado la gente, cuando sabía muy bien que luego iban ante la presencia del tata Dios, quien es muy reputado como un aficionado a los ayunos.

La mayoría de los críticos chilenos del Centenario culparon a la guerra del salitre de todas las desgracias del Chile de comienzos de siglo pasado: para MacIver, en su discurso Crisis moral de la República, culpa a la “peste” de la riqueza fácil del salitre de todas las corrupciones del Chile parlamentario. Para el profesor Alejandro Venegas, fue la Guerra del Pacífico y la contrarrevolución de 1891, las causantes de la corrupción de los banqueros y de la oligarquía campesina. Carlos Vicuña Fuentes fue partidario de abandonar el patrioterismo y entregar las cautivas Tacna y Arica al Perú.
¿Quiénes ganaron con la Guerra del nitrato? En primer lugar, la oligarquía, los banqueros y los especuladores, que no pagaron nunca más impuesto a la renta y vivieron del ocio que permitían los millones, producto de este regalo del desierto; en segundo lugar, el imperialismo inglés, representado por los reyes de la especulación de fines del siglo XIX, entre quienes se cuenta a John Thomas North, llamado el rey del salitre; North era un genio de la publicidad: inventó su origen pobre y que, a fuerza de trabajo, había llegado a la cima de la riqueza. Los inversionistas le creían a pie juntillas; sus acciones en la bolsa de Londres pagaban enormes dividendos y, como North no era nada de tonto, sabía muy bien que la riqueza del salitre era efímera y que sus precios subían y bajaban. Al morir North, había vendido todas sus acciones, dejando en la estacada a los ingenuos que le dieron fama de gurú.

North construyó, en Tarapacá, un verdadero imperio y, como sabía relacionarse muy bien, se hizo amigo de Robert Harvey, quien estaba a cargo, nombrado por los chilenos, de la administración de las Oficinas salitreras de Tarapacá y Antofagasta. North fanfarroneaba que sabía, por adelantado, el triunfo de los chilenos en la Guerra, por eso compró bonos peruanos, que estaban a precio de huevo; como el presidente Federico Santamaría reconoció la deuda del Perú, los activos de North se fueron a los cielos.

North se apropió, de muy mala manera, de la propiedad de las aguas que venían del valle de Pica. Su primera empresa estuvo destinada a vender agua potable – lo de potable es muy discutible, pues el agua era de muy mala calidad y cara, como lo asevera el profesor Venegas, en su visita a Iquique -. Posteriormente, creó un banco, dirigido por su amigo Dawson, un famoso banquero de Valparaíso, que había proporcionado créditos blandos a North; además, inventó una empresa que abasteciera las pulperías y sólo le faltaba el ferrocarril que llevara el salitre a los puertos de Iquique y Pisagua. A causa del monopolio del transporte del salitre explotó el conflicto con el presidente José Manuel Balmaceda, que quería chilenizar los ferrocarriles. El Consejo de Estado dio razón a Balmaceda, a pesar de las presiones de la oligarquía.

North tenía competidores, por cierto, entre ellos la famosa casa Gibbs y Hermanos, que también querían construir un ferrocarril. Ambas empresas habían comprado a sendos abogados y parlamentarios de la oligarquía, entre los más conocidos se cuenta a Julio Zegers y su hijo; los hermanos Enrique y David MacIver, Carlos Walker y Eulogio Altamirano, entre otros, todos enemigos de Balmaceda. En ese tiempo, como hoy, la política estaba completamente mezclada con los negocios.

El debate sobre los intereses económicos comprometidos en la contrarrevolución de 1891 se ha extendido hasta nuestros días. Alejandro Venegas, Julio César Jobet y Hernán Ramírez Necochea sostienen la tesis del papel preponderante de la alianza entre el imperialismo inglés y sus servidores oligarcas chilenos en la contrarrevolución de 1891. Blakemore, al criticar la tesis de Ramírez Necochea, sostiene que había un verdadero conflicto de intereses entre la casa Gibbs y North, por lo demás, Balmaceda no tuvo, según este autor, una verdadera política nacionalista y su pedestal se debe a un mito posterior, levantado por Arturo Alessadri Palma, Eduardo Frei Montalva y, sobretodo, Salvador Allende. García de la Huerta plantea la hipótesis de la multicausalidad del conflicto civil de 1891. Encina, Vial Correa y Edwards Vives sostienen que la guerra civil de 1891 tuvo como causa una colisión entre el autoritarismo presidencialista de Balmaceda y su ministro, Bañados Espinoza, y la mayoría parlamentarista del Congreso. Dejo al lector las ideas planteadas para que recurra a los múltiples textos sobre el tema, que existen en bibliotecas y tome su propia posición.

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El Chileno de Aragua

El Chileno de Aragua dijo

Antes de manifestar mi opinión, debo felicitar a Rafael Luis Gumucio R., y no le perdió pisada a su padre Rafael Agustín Gumucio, quién fué un padre putativo de quién subscribe.
Referente a su escrito, estoy de acuerdo en todo su contexto, solamente podríamos adornarlo con algunas opiniones, a saber:
1)Constitución Dictatorial de 1980, reformada por Lagos y sus acólitos ,lo que hicieron estos dignos funcionarios públicos fué un maquillaje a la Constitución, para que la "plebe", o chusma se quedara tranquila, quieta,pero el pueblo no se la comió, el soberano sabe que esa Constitución está hecha a la medida de la Oligarquía, al capitalismo y al imperio.
2)El canal estatatal, Gumucio dice que es pluralista, debió decir derechista, el canal estatal debería tener representación del pueblo, ser una televisora participativa y democrática y ser de todos los chilenos.
3)Las relaciones internacionales, Chile se está quedando aislado en sur américa, mientras Venezuela,Bolivia, Argentina, Uruguay, Paraguay, Ecuador, por nombrar algunos,estrechan cada día más sus lazos y profundizan sus relaciones, Chile se aferra al Imperio del norte (USA), se aisla de los países hermanos, así demostrando no querer construir LA PATRIA GRANDE.
4)La guerra del salitre, una vez más Chile fué utilizado por las transnacionles, fueron los poderes económicos, que instigaron a esa lucha aciaga,entre otras, se les quitó el mar a Bolivia, y lo increíble de toda esta historia, es cuando nos imparten enseñanza en nuestros colegios nos meten en la cabeza que fuimos agredidos por Bolivia y Perú, situación completamente falsa de falsedad absoluta.

26 Marzo 2007 | 07:22 PM

Guillermo

Guillermo dijo

A PROPOSITO DEL SALITRE
RECORDEMOS LOS ACIAGOS Y LUCTUOSOS SUCESOS OCURRIDOS EN LA ESCUELA SANTA MARÍA DE IQUIQUE UN 21 DE dICIEMBRE DE 1907.
Diez mil trabajadores de las salitreras en huelga, inician una marcha hacia Iquique. Saben lo que pedían en el pliego de peticiones?
Pago de jornales al tipo de cambio de 18 penique, colocar defensas en las calderas para evitar que los obreros se frieran como pollos. Y el libre paso de los comerciantes a los campamentos.
El presidente Pedro Montt Montt envió a Carlos Eastman y al general Silva Renard con plenos poderes y autorización para barrer con los obreros de las saliteras y sus parientes: guaguas, ancianos,, mujeres y todos fueron barridos por metralla asesina. Para cumplir con la exigencia de los empresarios ingleses.
COMISION ORGANIZADORA CONMEMORACIÓN CENTENARIO DE LA MATANZA DE LA ESCUELA SANTA MARIA DE IQUIQUE CUARTA REGION COQUIMBO

29 Marzo 2007 | 09:20 PM

PABLO H.

PABLO H. dijo

EL CAPITAL MANDA ACA O EN LA CHINA, AYER, HOY Y MAÑANA

LA HISTORIA SE REPITE...........

Tómesen varias divisiones y, tras un contundente bombardeo selectivo, se procede a avanzar a toda velocidad arrasando las confusas filas enemigas para asestar con rapidez un golpe mortal sobre la capital y el gobierno de turno. Una receta mágica que, hace tiempo, pudo funcionar pero que, de aplicarse ahora, sólo mostraría que el invasor es demasiado ingenuo e ignorante. Lo malo de la estampa está en que hace poco se llevó a la práctica y, como todo el mundo conoce, no salió demasiado bien. Miren, a mí todo eso del “no a la guerra” y demás frasecitas de moda no me dice gran cosa, sobre todo porque cada vez que lo escucho empiezo a pensar en esos conflictos que no son considerados como “guerras” por simple cuestión de escala o por conveniencia política pero que son igualmente horrendas, que ahora mismo desangran muchos lugares del planeta y de las que no se acuerdan ni los “pacifistas”. Tampoco me agrada demasiado el eslogan porque el tinte político que hay detrás me marea demasiado, como me sucede con prácticamente todo el juego político nacional a múltiples bandas de los años recientes, una partida peligrosa y sin mucho sentido que se juega sin apenas reglas pero con una inconsciencia pasmante.

Las guerras han acompañado a la humanidad desde siempre. Todas son horribles, pero casi ninguna es sencilla de explicar en sus causas. Son originadas por motivos mucho más complejos que los vistos en medios informativos y en delgados libros de “historia”. Hace tiempo, no hace mucho aunque hay gente que ya casi ni se acuerda, mientras barcos de guerra de media Europa –España incluida– bloqueaban e inspeccionaban el Golfo Pérsico y los recién desvelados cazas y bombarderos “invisibles” introducían en los hogares occidentales el término “guerra inteligente” o “ataque quirúrgico”, cuando el “fuego amigo” se convirtió en un enemigo más peligroso para los marines que los fieros guardias republicanos que, desorientados, terminaron en gran número sepultados bajo las arenas del desierto iraquí por los bulldozers de la coalición, tuvo lugar eso que ahora se llama la Primera Guerra del Golfo.

Fue una guerra “de libro”, impecable, salvo por puntuales chapuzas aquí y allá. Entiéndase, lo de impecable lo refiero al pensar en la efectividad, capacidad letal, rapidez en la consecución de objetivos y en el bajo número de bajas. Eso desde el punto de vista de la “coalición”. ¿Y qué esperaban? Nadie medianamente informado pensaba en una guerra complicada, la cosa era bastante sencilla, quizá demasiado. Pocos años antes aquel juego mortal hubiera resultado imposible, el Imperio Soviético no hubiera permitido tal cosa. La Guerra Fría logró que, salvo escaramuzas entre espías, no se disparara ni una sola bala en territorio propio de los dos contendientes, los clásicos caricaturizados enemigos “rusos” y “americanos”, mientras que los europeos –da igual que fueran del este o del oeste, incluso los británicos– no pasaban de ser meras piezas secundarias de aquel oscuro tablero de ajedrez con amenaza de aniquilación nuclear mutua asegurada entre medias.

Pero claro, las cosas no podían quedar tan “pacíficas”, aunque tensas, en las olvidadas tierras del resto del planeta. En el amplio espacio de los “no alineados” –tiene siniestra gracia la calificación– o los que, simplemente, eran demasiado pobres como para importar a nadie más, las dos superpotencias jugaron un juego muy sucio. Tú pones un gobierno de tu gusto, yo intento derrocarlo, los dos vendemos armas y demás juguetes para la partida, extendemos nuestra influencia y, si las cosas no salen como se espera, tras una serie de asesinatos selectivos, vamos a la guerra. Y así, con total calma, los dos mayores equipos atómicos –vigilados de cerca y con indisimulada admiración por comparsas nucleares de menor tamaño de uno u otro “lado” como China o Gran Bretaña, y jugadores que van por libre como Israel o, hasta cierto punto, Francia– se inventaron una serie de “guerras locales” de las que no se hablaba demasiado pero que tapizaron gran parte del siglo XX con miles de cadáveres que, sin comerlo ni beberlo1, se metieron en un juego de otros que terminó destrozándolos durante décadas. Eso sí, los dos grandes manipuladores de marionetas tuvieron también sus correspondientes grandes sustos. Los Estados Unidos tuvieron su Vietnam, por todos conocido y la Unión Soviética tuvo su Afganistán, no tan publicitado aunque igualmente desastroso para ellos.

En aquella época todo era más sencillo para los “guerreros”. Había dos bandos, daba igual dónde estuvieras, todo se limitaba al choque de dos bloques, y punto. Luego llegó el 89, cierto muro cayó en el corazón de Europa y el Imperio Soviético se estrelló contra la realidad que desde hacía décadas era un secreto a voces pero que pocos tras el telón de acero se atrevían a gritar, a saber, que “aquello” –y todos saben a lo que me refiero– no podía funcionar ni en sueños.

Entonces, en medio del gran lío del deshielo, cuando se empezaron a desempolvar los mapas de Europa anteriores a 1918, cuando la pesadilla de los Balcanes comenzaba y la Unión Soviética iba camino de convertirse en ese engendro, del que nadie ha vuelto a acordarse y para el que eligieron un nombre tan soso como inexpresivo, C.E.I. –Comunidad de Estados Independientes– con el que se ponía fin al Imperio Rojo, a un loco se le ocurrió una jugada bastante estúpida. Ese loco, que hace poco ha terminado suspendido de una gruesa soga, pensó, no sin cierta lógica, que todavía existía el juego de bloques, que podría hacerse por las buenas con una preciada joya, un vecino molesto y apetitoso, sin que nadie chistara por ello.

Occidente se despertó un día de agosto del noventa con que un tal Saddam Hussein había invadido una tierra de la que pocos habían oído hablar, Kuwait. Todo por el petróleo, claro, pero también por viejas rencillas locales, aspiraciones imperiales y demás zarandajas típicas de los megalómanos de todos los tiempos. En pocos meses, toda una nueva colección de palabras se grabó a fuego en la memoria occidental: CNN, bombas inteligentes, aviones invisibles, unos apaches que no eran “indios”… pero antes de que empezara la Tormenta del Desierto, pasaron unos meses en los que la preocupación principal fue el precio del petróleo. La jugada tenía un pie en la Guerra Fría y otro en el caótico mundo actual. Por una parte, el loco invasor de Kuwait, alimentado durante años con dólares y “consejos” cuchicheados al oído por la CIA –aunque también atendía a vocecillas del lado soviético– pensó que aquel marasmo internacional era el momento ideal para comerse a su minúsculo, pero deliciosamente rico, vecino del sur. Incluso puede pensarse, sin mucho desatino, que algunos de aquellos “consejos” le impulsaran a hacerlo. Por otra parte, Saddam parecía pensar que, aunque la URSS estaba dañada, no había sucumbido todavía, no se había desintegrado, así que aun era un contrapeso válido contra los portaaviones nucleares estadounidenses. La estimación falló por completo, los soviéticos ya no estaban para nada, salvo para intentar salvar todos los muebles que pudieran.

En aquel episodio inicial del Nuevo Orden Mundial preconizado por Bush padre –que se ha convertido en el nuevo Gran Lío Mundial– lo más importante fue la imagen. Pura estética. Sí, la guerra de liberación de Kuwait de manos del tirano iraquí fue la última guerra “de libro”. El oso del desierto trazaba2, junto con el futuro secretario de estado antecesor de la señorita Rice3, líneas maestras sobre pantallas de ordenador y, sus cazas invisibles, bombas inteligentes y demás armas apenas probadas hasta entonces, entraron en acción. Todo el mundo lo contempló por televisión… lo que dejaron ver, claro está, como sucede en todas partes. Un ataque aéreo masivo duradero, una invasión terrestre rapidísima y, a las puertas de la victoria final, tras liberar Kuwait, estando ya Bagdad a la vista, una orden cortó radicalmente la partida. Los marines dieron media vuelta –con indisimulado y natural cabreo– y el tirano siguió en su puesto. A la gente le extrañó, pero tampoco se armó mucha bulla con la cuestión. Y San Petróleo volvió donde debía, junto con unas jugosas bases militares en Arabia Saudí que, con el paso del tiempo, se han convertido en algo prácticamente permanente. Control asegurado, jugada perfecta, como para quitarse el sombrero.

Nadie con dos dedos de frente puede afirmar que la invasión de Kuwait fuera una sorpresa. A los únicos que pilló de susto fue los ciudadanos comunes, pero no a los mandos militares. Cuando los satélites espía te mandan fotografías de divisiones completas amontonándose en la frontera de Kuwait, cuando los espías locales te avisan de la jugada y cuando, para más sorna, has estado cuchicheando ideas “raras” al oído del tirano durante años, no puede sorprender lo que a continuación viene. En realidad, la invasión y posterior reconquista, pareció seguir un guión de lo más cuidado. No en sus detalles, por supuesto, pero las líneas maestras discurrieron por terreno suave. Para empezar, los soviéticos no molestaron mucho, a los israelíes les sirvió para tejer un nuevo ovillo de influencias y alianzas para protegerse de sus vecinos y a Estados Unidos le facilitó poner un pie en un lugar antes nunca antes soñado y de vital importancia estratégica.

¡¡Pero no acabaron el trabajo!! Eso dicen algunos. Pues sí, el trabajo se acabó a la perfección. ¿Por qué no acabaron con el tirano? ¿Por qué no llevaron la democracia a Iraq? Por la sencilla razón de que Iraq era, y es, un verdadero avispero, la democracia necesita un cómodo hogar en el que desarrollarse y no es el caso. Una vez que Kuwait había sido liberado, que se tenía garantizado cierto control sobre el petróleo del Golfo Pérsico y podías tener soldados y una flota entera en el lugar sin que nadie se quejara mucho, ¿para qué narices eliminar un peón tan útil como Saddam Hussein?

Saddam, tirano asesino públicamente reconocido era, sin embargo, una pieza bastante importante de la estrategia occidental en Oriente Medio. Sí, occidental, porque no sólo a los Estados Unidos beneficiaba tal juego de “malos” y buenos, en la Unión Europea también muchas grandes empresas y gobiernos se sintieron aliviados al ver que el viejo “socio” seguía en su puesto. Era un malo con bastantes usos, como una navaja suiza. Servía de contrapeso al temido Irán, era alguien que valía de excusa, un malvado al que sus vecinos tenían miedo y, por ello, permitía controlar el área con bastante seguridad. En definitiva, el mismo juego de la Guerra Fría pero en pequeño.

Luego estaba el problema del avispero. Cuando preparas una guerra, sea del tipo que sea, históricamente los contendientes ya están pensando en lo que sucederá después de ella. En la Segunda Guerra Mundial, los aliados sabían qué esperar de la Europa liberada. No así de Asia, de Japón. Los Estados Unidos se cuidaron mucho de preparar una posguerra sencilla, estudiaron las costumbres, la cultura, la sociedad japonesa con bastante detalle, planificando una ocupación bastante “cómoda” y aprendiendo todo lo posible de los japoneses, para que el día después de la firma del armisticio no se convirtiera en una pesadilla para el vencedor. La cosa salió bien con Japón, la planificación funcionó. Con Hussein, en la Primera Guerra del Golfo, también funcionó, porque los análisis indicaban, con obstinación, que lo mejor era cambiar las cosas dejándolas como estaban. El tirano siguió en su sitio, sirvió de elemento de control, de contrapeso de peligrosas tendencias regionales y de peón en el juego internacional del petróleo. Naturalmente, siguió asesinando y abusando por doquier en su casa, pero eso poco parecía importar. Los analistas estaban convencidos de que, si se hubiera llegado hasta el final, la cosa podía haber acabado muy mal, convirtiéndose en un avispero intratable… tenían razón.

En un país creado artifialmente tras una descolonización no muy bien planificada por parte de los británicos, donde el único elemento que hace que la cosa no salte en pedazos es un régimen dictatorial brutal, liberar odios del pasado y tradiciones seculares contrapuestas es peligrosísimo. Tras tanto tiempo de represión, unos desearán la venganza, otros querrán mantener su poder a cualquier precio y los restantes seguirán viviendo con miedo porque la incertidumbre empezará a reinar. Cuando tienes un país con una mayoría de árabes –más del ochenta por ciento– pero con una minoría importantísima y, mayoritaria a su vez en el norte, como son los kurdos, cuando otras minorías tratan de subsistir, como el ínfimo grupo cristiano que habita aquellas tierras desde hace mucho, los problemas son imposibles de controlar. Si, durante centurias, los diversos grupos étnicos han estado guerreando entre sí o haciendo crecer odios incontenibles, si se elimina de golpe el elemento que mantiene la cohesión, aunque sea por coerción, el avispero te explota en la cara. Eso pensaron los analistas que aconsejaron dar media vuelta y permitieron al tirano seguir en su puesto. El petróleo ama la calma, nada de líos, dejemos las cosas más o menos como estaban… eso pensaron. La mayoría árabe, en realidad también fragmentada entre una mayoría sunní y una minoría chií4, constituía también un motivo más para llamar a la cautela, puesto que era previsible que entre los dos grupos surgieran tensiones peligrosas.

Cuando no se estudia al enemigo, cuando no se prepara una posguerra con cuidado, los malos tiempos no terminan con el silencio en los campos de batalla. Pasaron los años, el mundo entró en un estado curioso, mezcla de alegría por el final del peligro de confrontación entre los dos bloques y la búsqueda de un nuevo equilibrio que no terminaba de llegar. Globalización, la palabra de moda, lo llenaba todo… hasta que otra, de golpe, pasó a ocupar su lugar: terror. El terrorismo global llamó a las puertas del Imperio victorioso de la Guerra Fría una mañana de septiembre. Hacía más de un siglo, si no se cuenta Pearl Harbor, que ningún ejército extranjero había osado atacar a los Estados Unidos en propia tierra. Vale, no puede decirse que esta vez fuera un ejército el atacante pero, precisamente por ese tinte difuso como origen del mal, la nueva guerra global contra el terrorismo, nació errada desde el principio.

Te aguijonean y respondes, te golpean y atacas, te empujan y reaccionas. Lógico y normal pero… ¿a quién atacar? ¿Qué nación nos ha dañado? Pensaron que había que hacer algo, lo que fuera, el desastre del 11 de Septiembre no podía quedar impune. Una sola persona parecía poco, cazar al monstruo no era la solución y, para colmo, Osama no cayó en la red. La solución, sencilla de idear, complicada de ejecutar, sería eliminar a cualquiera que pareciera haber facilitado la consecución de la pesadilla. Primero se decidió remover un poco al eterno avispero afgano. Parecía poco, era demasiado sencillo y, a pesar de que no se terminó el trabajo porque, sencillamente, se lleva intentando más de un siglo, el asunto afgano parecía resuelto. ¿Quién nos queda? Corea del Norte viene bien para ciertos juegos de contrapeso de poderes en Extremo Oriente, sería complicado y poco deseable entrar ahí. ¿Irán? Muy mala idea, sería como meterse de lleno en la boca del lobo. ¿Siria? Una presa demasiado pequeña. ¿Qué mejor solución que terminar el “trabajo” empezado por Bush padre? Así que el hijo, y sus asesores, planificaron la segunda parte de aquella guerra que había seguido el guión establecido con tanta limpieza.

La Segunda Guerra del Golfo duró poco porque, aunque esta vez no hubo rendiciones masivas instantáneas, la superioridad militar y tecnológica de Estados Unidos y sus aliados era tan brutal, mucho más que en la anterior ocasión, que el maltrecho ejército de Saddam poco podía hacer. Luego llegó el problema, el avispero cobró vida, la posguerra se complicó. No es un estado de guerra, como tal, por mucho que se empeñen en seguir llamando a la situación actual así. Es un estado de pánico general, de odios desatados, con demonios demasiado complicados para controlarlos. Nunca he entendido esta jugada porque, a poco que se pensara, las cosas no podían haber salido de otro modo. Se sabía en el 91, si se ascendía hacia Bagdad, podía armarse un gran lío. La “estabilidad” regional que garantizaba mantener ahí al tirano era demasiado preciosa como para volarla por los aires. Si se deseaba llevar la democracia a ese lugar, hay formas mucho más sutiles, aunque lentas, de intervenir. Pero no, había que hacer algo espectacular. Se hizo, salió muy bien, pero no se pensó en el día después. Lo que siempre se consideró una de las premisas del “arte” de la guerra, el preparar con cuidado lo que viene después, conociendo cuidadosamente al enemigo, su cultura, su pensamiento, sus ideas y sus creencias, no se hizo esta vez. El avispero estalló, se volvió incontrolable.

¿Qué se esperaba sacar de todo este lío? Aparte de una venganza estridente, de un control total del petróleo iraquí –cosa que, en realidad, ya se tenía– y de unos beneficios de escándalo para algunas empresas, poco es lo que los Estados Unidos, y occidente en general, parecen haber sacado de esto, salvo un dolor de cabeza permanente. Lo de las armas de destrucción masiva no fue más que la guinda del pastel. Prácticamente todos los expertos sabían, y saben, que Saddam tenía lo necesario para desarrollar armas químicas y, posiblemente, bacteriológicas. El reino nuclear quedaba fuera de sus posibilidades, a no ser que hubiera comprado ojivas completas por ahí, cosa que es prácticamente imposible. Pero una cosa es tener los ingredientes y otra la voluntad de utilizarlos. De un loco uno no sabe nunca qué esperar, pero no parecía inminente el empleo por parte de Saddam de tales armas terribles, sabía que su uso suponía un suicidio. Poco interés se puso en investigar las relaciones del gobierno de Saddam con las tramas terroristas, algo de lo que se podía haber sacado una “excusa” mucho más convincente, porque información al respecto no faltaba. No, se prefirió el tema de las armas y… se armó el lío.

Ahora el mosaico iraquí se ha convertido en un problema para todo el mundo. Al petróleo ni tocarlo, claro, mucho cuidado con ello pero, ¿cómo arreglar la cuestión? La verdad, no tengo ni idea. Se proponen todo tipo de escenarios, desde una progresiva tendencia a la calma, a largo plazo, con democracia efectiva que podría servir de modelo al resto de una región que todavía vive sumida en una tradición teocrática que pesa como una losa, hasta una guerra civil que podría desmembrar Iraq en tres o más pedacitos. Las cosas no son sencillas, he ahí la cuestión, no es un asunto de “buenos” y “malos”, de llegar, ver y vencer. Si no se conoce el terreno a conquistar, la victoria se vuelve contra uno, una lección que la historia ha enseñado demasiadas veces y que, al parecer, no ha sido aprendida en algunos gabinetes de guerra.

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1 Esto no quita para que muchos de los gobiernos de las naciones implicadas en aquellas guerras “locales” no fueran tan culpables como sus “amigos” nucleares. Sabían perfectamente a qué jugaban y lo que iba a suceder con la población, por lo que cierta manía actual de culpar en exclusiva a los “imperalistas” de uno u otro color no deja de ser una simplificación lejana a la realidad.
2 Norman Schwarzkopf, general al mando de las tropas de la coalición durante la guerra.
3 Colin Powell.
4 Los sunníes –de sunna, o tradición oral por la que se guían, además del Corán, que permite que adapten el mismo a cada época– constituyen la porción mayoritaria del islam. Al morir Mahoma en el 632 después de Cristo, surgieron conflictos entre sus seguidores. El familiar de Mahoma, Alí, quiso erigirse como sucesor, lo que originó una guerra que escindió a los seguidores de Mahoma en dos grupos. Los sunníes reconocen, como sucesores de Mahoma, a los califas y no consideran para eso que éstos deban tener lazos de sangre con Mahoma. Por su parte, los chiítas, de Shiat Ali o “seguidor de Alí”, la porción minoritaria del islam, toman a Alí como iniciador de una línea sucesoria directa de Mahoma y consideran a los califas como usurpadores.

Notas posteriores de Alejandro:

Veamos, sobre la guerra con Irán, sí, fue uno de los elementos impulsores, de eso no hay duda. Ahora bien, la intención del artículo está en mostrar las cosas más desde el lado occidental y, sobre todo, la cuestión de la planificación de posguerras como elemento indispensable para salir con éxito de un conflicto bélico. Si se analizaran las causas de la invasión de Kuwait, habría que llenar cientos de folios.

Con respecto a Polonia y la posguerra en Europa, puede sorprender, pero muchos en Europa y en Estados Unidos ya se lo esperaban y lo tenían asumido. No hay más que leer los informes norteamericanos referidos, por ejemplo, a los ataques que los soviéticos realizaron contra la aviación estadounidense en la Polonia todavía ocupada por los nazis, para impedir que los polacos recibieran ayuda occidental. El III Reich todavía no había caído y los soviéticos ya habían comenzado y diseñado su “área de influencia”. Esto se sabía en el oeste, no se conocían los detalles, claro, pero sabían que los rusos iban a montar un bloque. Ya a principios del 45 hablaba Goebbles, el infausto ministro nazi de propaganda, sobre el inminente telón de acero, expresión que utilizaría Churchill un año más tarde. No tomó por sorpresa a nadie, máxime cuando Yalta y Postdam sirvieron para jugar a cartógrafos de gabinete de una manera bastante directa.

29 Marzo 2007 | 10:12 PM

Luigi Salerno

Luigi Salerno dijo

He de confesar que he pecado todos estos años de poco hombre, escudandome en el anonimato de un diaro electrónico para hablar cuanta estupidez me venga en mente. Acúsome de ser sensasionalista, amargado y rastrero, que me creo superior y apenas tengo 4º medio. Perdónenme todos los que creyeron en mí. Me retiro de la política, ya no quiero seguir engañando gente. Mañana por la madrigda saldré a borrar todos los "salerno 2008" que pinté, solo, en la calle. He estado yendo al psiquiatra y me pidió esta declaración pública como parte de mi terapia curativa. Mi síndrome: Megalomanía. Espero que comprendan. En ningun caso este diario se va a cerrar, este diario hoy lo construyen ustedes, pero debo confesar que soy un ser despreciable y que he hecho mucho mal sin tener razón para hacerlo. Suerte a todos.

30 Marzo 2007 | 08:51 PM

alejandro ortiz rescaniere

alejandro ortiz rescaniere dijo

El artículo de Luis Gumucio, bueno y bien intencionado, me ha animado a hacer el comentario que sigue no obstante no ser yo un experto en la materia. La del Pacífico o como se le llame, fue la única guerra digna de ese calificativo que tuvieron nuestras naciones; tal vez por eso la sentimos como si hubiese sido ayer; pero lo que nos parece reciente, no lo es; en el transcurso de los años y de las generaciones sucesivas, se han construido mitos, es decir, prejuicios y fantasías arraigadas. Y como todo aquello que se asemeja a la verdad sin serlo, tales mitos son malos educadores de nuestros sentimientos y disposiciones hacia el vecino. Por cierto que en las guerras suelen haber motivaciones justas, legítimas y hasta generosas. Pero siempre son una desgracia para las que la sufren y mueren en ella. Me parece saludable que Gumucio ponga en duda ciertos mitos sobre la historia de marras. Por ser cosa de gente, no dudo que hubo miserias morales. Sin embargo, habría que matizar el predicamento de Gumucio en aras de la búsqueda de la verdad. Me permito invocar el sentido común: nadie es enteramente malo ni bueno; con mayor razón, los pueblos; no siempre es fácil de admitirlo -pienso en la Alemania de Hitler-; en fin, en todo caso la nuestra fueron tortas y pan pintado con aquella; y miren como hoy Alemania, Francia y los Países Bajos fueron los promotores y son el eje de la Comunidad Europea. Si ellos con heridas más profundas y recientes han logrado una buena inteligencia, con mayor razón y facilidad debiéramos hacerlo. Y es precisamente lo que ocurre a pesar de la barrera de las leyendas y de las historias mendaces; las relaciones económicas y sociales son cada vez más estrechas -capitales chilenos en el Perú; inmigrantes peruanos en chile-; la realidad y sus neesidades se imponen y desplazan los prejuicios y los hacen cada vez más ridículos. Sin embargo, que queda mucho por recorrer. Entre otras cosas, se debe profundizar el estudio de esa guerra en aras de la verdad, de la amistad de nuestros pueblos y en homenaje de los que dieron su vida por ella. Esta es mi opinión, bisnieto de un peruano que luchó en Pisagua y en Los Altos de la Alianza. Alejandro Ortiz Rescaniere, profesor de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

7 Agosto 2007 | 07:19 PM

Para el diputado

Para el diputado dijo

Soy Magdalena, la ex empleada de la casa de tus padres.
Tu papa y todos tus hermanos se acuerdan de mi, pero tu eres el padre de mi hijo.

13 Agosto 2007 | 02:36 AM

maria rosa

maria rosa dijo

Hola amigos: Me llamo Mª Rosa Granja y desde hace un año estoy realizando mi árbol genealógico que data de 1515.
Un familiar mio llamado MATIAS GRANJA NAGEL emigro de España junto a su mejor amigo JUAN HIGINIO ASTORECA a Valparaiso, Juan Higinio se caso poco despues con una hermana de Matias Granja.
El caso es que a pesar de haber obtenido mucha informacion de internautas que me han ayudado muchñisimo sin conocernos de nada, ahora estoy estancada en este familiar.
Podriais ayudarme a buscar información, yo desde aqui Barcelona me es muy dificil porque hay muy pocos libros que hablen de los catalanes emigrados a Chile.
Gracias por vuestra atención, saludos, _Mª Rosa

21 Septiembre 2008 | 05:24 PM

maria rosa granja

maria rosa granja dijo

Hola de nuevo, hay alguien que me pueda dar informacion de la vida privada de MATIAS GRANJA, o bien alguna publicacion de Vida Social de la familia GRANJA-NAVARRO.
Es muy importante paa mi.
Gracias por vuestra aención, saludos, Mª Rosa

20 Noviembre 2008 | 03:16 PM

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