DE NADA VALE LLORAR SOBRE LA LECHE DERRAMADA
Arturo Alejandro Muñoz - desde Coltauco
LAS VELEIDADES DEL triunfo son anticipos del fracaso. No obstante, el caer jamás quita la gloria de haber subido. Con esas dos máximas se mueve el mundo y se riega el territorio de las pasiones. En medio de ambas mece sus tentáculos la soberbia, cuya sombra es la estulticia.
No se alcanza la victoria sin haber conocido primero la derrota, ni se logra el éxito sin decepción primigenia. Estamos habituados a desdeñar lo que poseemos y adorar lo que nos resulta difícil obtener. Pretendemos llegar a la cúspide con el mínimo esfuerzo y somos proclives a culpar a otros por nuestros tropiezos, pese a que somos conscientes que todo logro importa un esfuerzo significativo y que nada depende exclusivamente del azar. Es de humanos equivocarse y de sabios mejorar. Un viejo pensamiento sioux dice que Dios (Wanka Tanka) nos creó algo superiores a las bestias y algo inferiores a los ángeles. La opción, por lo tanto, es sólo nuestra. Ángel o bestia, sabio o humano. Uno es quien elige.
Se ama lo que duele y se rifa lo ajeno. He ahí otra arista de la condición humana. Mas, siempre está la posibilidad de escoger, de optar, de decidir, y ello es una acción meramente individual. No culpemos al prójimo si hemos errado la alternativa correcta, pues ella siempre se halla presente en el abanico de las posibilidades. Quizás nuestra preocupación atávica sea sufrir un nuevo fracaso sin haber gozado de las veleidades del triunfo, y eso provoque la asfixia mental que marea nuestras acciones al momento de resolver asuntos importantes. Nos hemos habituado a las decepciones por propia responsabilidad, pero evitamos frustrarnos merced a cargar en otros la causa del fracaso, aunque porfiadamente mantenemos ad eternum, casi con estúpido estoicismo, el peso de nuestros equívocos. De esa forma no se camina, sino que se involuciona.
Pronto cumpliremos dos siglos como nación independiente y soberana, lapso más que suficiente para aceptar que el presente y el destino están en nuestras manos; así como también en nuestras capacidades e instrucciones se sitúa el arsenal de respuestas que requerimos para avanzar. No basta recurrir a explicaciones poco plausibles para justificar la carencia de desarrollo armónico y global que nos presenta ante el mundo como país aún en intentos de crecimiento. No es la ausencia de recursos naturales, ni la densidad demográfica, ni el color de la piel, ni la lengua materna lo que nos mantiene sumidos en carencias. Es nuestra propia actitud lo que nos hace menos o nos hace más. Actitud responsable frente al trabajo, frente al respeto del tiempo ajeno, a la valía humana del prójimo, al estudio, a la crítica, a la lectura, a la honestidad, a la sinceridad, a la solidaridad, al bien común, a la verdad (por muy dolorosa que sea). En esas virtudes se encuentra la respuesta. No en los fallos del vecino ni en los ejemplos foráneos. Esas virtudes las tenemos todos, sólo que pocos deciden explotarlas y convertirlas en modo de vida.
Es correcta la frase que reza: ‘los pueblos tienen los gobiernos que merecen’, ya que cada nación elige a sus representantes de acuerdo al grado de explotación que sus ciudadanos hagan de las virtudes propias. No es entonces culpa exclusiva de la autoridad de turno que fue mal o bien elegida, sino principalmente de nosotros, los electores, que por molicie o conveniencia coyuntural le entregamos una representación que sabemos nos resultará negativa en términos globales. O por ignorancia voluntaria. Así, una vez derramada la leche, nada vale llorar posteriormente sobre ella.
Entonces, actuemos y decidamos bien. Hagámoslo de manera consciente, informada y reflexiva. No traicionemos ni engañemos a nuestras esperanzas que son, por lo general, las mismas que manifiestan las mayorías de nuestros iguales. Ya estamos enterados respecto de qué o quién nos ha decepcionado, fallado, engañado y embaucado. ¿Volveremos a cometer, voluntariosamente, los mismos errores?
Seamos honestos con nosotros mismos. Respetemos nuestras convicciones e ideas, entendiendo y aceptando que el prójimo también es dueño de una parte de la verdad. Abrir mente y corazón para escuchar y dialogar con altura de miras, es el comienzo del camino sano que conduce al bien común. Estamos habituados –por el exitismo individualista de la sociedad que hemos permitido a otros (los menos) forjar- a creer que el eje del mundo pasa por nuestro ombligo y que la razón, toda la razón, está descansando en nuestras alforjas vivenciales. Aceptamos el diálogo, pero no la discrepancia, y a las ideas ajenas respondemos con violencia verbal no porque carezcamos de argumentos sino, principalmente, porque detestamos debatir sobre asuntos en los que creemos poseer una inequívoca razón. Los otros no piensan ni analizan…nosotros sí. Craso error.
Esta última actitud es la que manifiestan muchas personas a cargo de decisiones significativas. Adoptan posturas mesiánicas pese a que sus pies están deshaciéndose en el barro de la equivocación y sus actos públicos conducen a la ruina de sus propios sustentos políticos, los electores, los ciudadanos. Es nuestra irresponsabilidad, nuestra pusilánime comodidad y perentorio desinterés por la cosa pública, la que permite a esos líderes seguir transitando vías erróneas. Con ello aumentamos las veleidades de quienes hemos elegido para dirigir el destino de la comunidad y propiciamos mayor vendaval para acelerar sus caídas y comprometer nuestro futuro.
Poseemos, sin ambages, claridad absoluta respecto de lo bueno y lo malo. Somos conscientes de los asuntos en que yerran algunos representantes que nosotros mismos hemos privilegiado, pero declinamos informarles asertivamente que el camino transitado por ellos no es la vía que nos interesa y nos satisface. Estamos de pie frente a la olla que contiene la leche, sabemos cuánto aumentará la espuma si dejamos que el fuego persista en su hervor, pero rechazamos –por simple flojera ciudadana- retirar el adminículo de la llama o cortar el gas para evitar el derrame. Aún más, a sabiendas que el desastre se aproxima preferimos incrementar los aplausos a objeto de persistir en la funesta tarea, y nos amedrentamos ante la probabilidad de encarar a los responsables. Entonces, en una u otra medida, aún a la distancia, pasamos a constituirnos en cómplices intelectuales.
No obstante, una vez esparcida la humeante leche sobre la cubierta que soporta el tiesto, enjugamos lágrimas de desazón y pena por el bien perdido, pese a que sabíamos que ello iba a ocurrir tarde o temprano. Y si alguien nos recuerda que lo anterior sucedió por nuestra acomodaticia irresponsabilidad, estallamos en tozudas y veleidosas furias pasajeras que pretenden defender (o disfrazar) la deshonesta molicie intelectual que nos identifica y, a la vez, intentamos el destrozo mediático del crítico contertulio a través del insulto fácil para sentirnos ‘ganadores’ en la verborrea soez e inconducente. Pero ‘perdedores’ en los hechos ciertos.
Mientras tanto, siempre dispuestos a no dar brazo alguno a torcer frente a la razón de los hechos, mirando a la distancia otros tiestos humeantes nos preparamos sicológicamente para llorar sobre ellos no bien el líquido vuelva a derramarse.

Renato Sagredo dijo
Las verdades que se leen en estas lineas son indesmentibles. Agradesco al autor porque nos despierta la mente diciendonos que lo que pasa en la vida y en politica especialmente es responsabilidad de todos y CADA UNO de nosotros, deberiamos interezarnos mas en lo publico para no dejarlo en las manos de cualquier patan.
29 Enero 2007 | 12:24 AM