Arturo Alejandro Muñoz –desde Coltauco
ESTAMOS PRÓXIMOS A celebrar el bicentenario de nuestra Independencia Nacional y los problemas de fondo de la sociedad chilena parecieran haberse mantenido a lo largo de los siglos. El clasismo desgajado de las políticas económicas constituye fiel parámetro de lo dicho. Nuestra sociedad continúa mostrando, esencialmente, las mismas carencias que la caracterizaban el año 1910, pues con sencillos cortes verticales en el análisis comprobamos cuán similar era aquella época de la actual.
El profesor Alejandro Venegas, con el seudónimo Dr. Julio Valdés Canje, escribió la obra ‘Sinceridad. Chile íntimo 1910’. Descuartizó a la sociedad chilena de la época enviando 26 cartas al presidente Pedro Montt, quien había suscitado enorme esperanza a la mayoría de los chilenos, pero a la postre defraudó completamente al país. Su administración es la responsable, por ejemplo, de la matanza de obreros salitreros en la escuela Santa María, en Iquique (1907).
En su obra ‘Sinceridad’, el autor, Valdés Canje (Venegas), toca aquí y allá el tema de la moral y de la carencia de espíritu cívico. La crisis moral es "el síntoma más alarmante de esta sociedad enferma; casi me atrevería a decir que más que un síntoma es la dolencia misma". Plantea que los partidos políticos no presentan más diferencias entre sí que el nombre: "todos tienen -dice- un mismo ideal: la propia conveniencia y una misma norma de conducta: el fin justifica los medios". Da ejemplos de corrupción: cita el caso de un caballero perteneciente a la Inspección General de Instrucción Primaria, que murió "a consecuencia del abuso de los placeres sexuales" obtenidos utilizando desde su cargo una suerte de "derecho a pernada". Fustiga el "patrioterismo vocinglero" y el militarismo chauvinista, y se declara partidario de un patriotismo profundo de corte pacifista y cosmopolita, que se alimenta del "amor a la humanidad". Critica, en la tradición del positivismo laico y cientificista, a la religión y al comercio, a los que opone la ciencia y la industria. Se pliega, por otra parte, al arielismo, al criticar a quienes pretenden inculcar en la enseñanza secundaria y superior el espíritu práctico y utilitario, olvidando las fuentes de la "cultura elevada" para ser considerados útiles a la sociedad en que vivimos".
Coetáneamente, Luis Emilio Recabarren, en septiembre de 1910, en Rengo, con el título de "Ricos y pobres a través de un siglo de vida republicana", dio una conferencia a la multitud de trabajadores que asistió a ella. En uno de sus acápites, el gran líder sindical preconizaba: "La fecha gloriosa de la emancipación del pueblo no ha sonado aún. Las clases populares viven todavía esclavas, encadenadas en el orden económico, con la cadena del salario, que es su miseria; en el orden político con la cadena del cohecho, del fraude y en el orden social con la cadena de la ignorancia y de sus vicios, que les anulan”. Como es posible observar, nada nuevo hay hoy día bajo el sol chileno luego de un siglo agregado a la emancipación nacional.
Continuando la tradición de los terratenientes criollos durante la Colonia y el período independentista, las clases enriquecidas gustaban gastar sus fortunas en interminables paseos por Europa, declinando invertir el dinero en la industrialización y mejoramiento tecnológico de sus empresas, propiedades y comercios. En 1910 el ‘afrancesamiento’ de los hijos de las estirpes privilegiadas económicamente, era cosa considerada de buen gusto y se declinaba usar las raíces hispánicas en el lenguaje. Hoy, cien años más tarde, constatamos que de Francia hemos pasado a Estados Unidos, llenando de voces anglosajonas cuestiones que siempre contaron con nombres caracterizados por la lengua cervantina. No sólo las ‘voces’ son extranjeras, sino también la voluntaria dependencia ideológica-económica que muestran mayoritariamente nuestros hombres públicos. Ora de Washington y Londres, ora de Moscú y Pekín.
La brecha económica enorme, cada vez menos soportable, entre los poderosos y el pueblo, sigue siendo la principal llaga de nuestra inferioridad económica, aunque en el siglo veintiuno existe un antecedente que permite al menos disfrazarla, como es el caso del dinero plástico y las tarjetas de crédito, con las que millones de ciudadanos elijen el tipo de ‘libertad’ que suponen más atendible a la satisfacción de sus necesidades básicas, pero que muchos replican hacia un consumo inútil en términos individuales, aunque perfecto para el engrosamiento de las cuentas bancarias de productores y comerciantes.
En 1910, los gobiernos estaban en manos de hombres cuyas raíces sociales mostraban la magnificencia económica de sus familias, y el pensamiento político se derivaba de una incomprensible posición religiosa ultramontana. Los escándalos de corrupción eran protagonizados por algunos millonarios cercanos a la Presidencia de la República, más que por los mandatarios mismos y/o sus ministros. El entreguismo oficial de ese entonces encontró su máxima expresión en la dación desdeñable que los gobiernos hicieron a John North, el ‘rey del salitre’, condenando a Chile a una nitrato-dependencia que años después pasaría la cuenta groseramente.
Hoy, los tres poderes del estado muestran las interdependencias del llamado ‘familisterio’ que ocupa –y preocupa- la casi totalidad administrativa pública. A través de ese evento sociopolítico los antiguos defensores de la democracia se han transformado en los nuevos ricos, incorporándose de forma gustosa a las actividades propias de la clase pudiente nacional. Ya no se ve a los parlamentarios y dirigentes máximos de tiendas partidistas en poblaciones, liceos y zonas rurales….se les encuentra en Casa de Piedra, en la SOFOFA, en Pucón, Cachagua, Marbella y sitios similares. Adoran los flashes de cámaras fotográficas y aparecer en televisión sin importar cuál sea la causa de ello. Son mediáticos, pero no legisladores ni representantes de la ciudadanía, a la que consideran casi como un estorbo necesario, útil sólo para proveer los votos requeridos.
La principal diferencia social posible de destacar en un siglo de recorrido (1910-2010), se iguala no obstante en los hechos concretos. Cien años atrás, el pueblo estaba excluido de las elecciones de los gobernantes, ya que sólo la clase alta (o pudiente en lo económico) era quien determinaba constitucionalmente la forma de gobierno que el país requería. Hoy, el pueblo vota e indica el tipo de administración que es de su preferencia…sin embargo, no es escuchado ni atendido por quienes resultaron privilegiados con la decisión popular. Se produce un gran revoloteo en el gallinero político a objeto de aparentar enorme movimiento y trabajo, pero en los hechos concretos –salvo dos o tres huevitos escondidos por ahí- no existe verdadero progreso ni mejoramiento ostensible del pueblo avícola. Es, entonces, muy cierto lo que escribió Tomasso Di Lampedussa en su obra ‘El Gatopardo’: “Todo tiene que cambiar para que todo siga igual”.
Si antes el sometimiento del pueblo a la voluntad e intereses de los mandantes se producía a través de la fuerza y el clasismo, hoy se logra lo mismo mediante la adicción a la farándula y la teledependencia, eventos ambos que están en manos de los dueños del poder, quienes la sobredimensionan intencionadamente para lograr el adormecimiento de la masa crítica. Hace cien años el pueblo no leía porque, simple y claro, no estaba alfabetizado. Hoy, en cambio, sabiendo leer y escribir, el pueblo declina la lectura porque ha sido víctima de la domesticación consumista que tanto conviene a las cúpulas políticas y empresariales.
Tal cual preconizó en 1910 el profesor Venegas, la educación formal que el estado docente entrega hoy a los jóvenes, carece de ‘vuelo intelectual’ y opta por un utilitarismo práctico que es conducente a la anomia social, al individualismo y a un abandono insanable de nuestra identidad e Historia Social. De ello se nutre la clase política y con ello sigue creciendo el estamento empresarial criollo, entregado ya de manos y pies al capital transnacional que nos gobierna sin reconocer Dios, patria ni ley.