Rafael Luis Gumucio Rivas
Estimado ministro:
Usted fue un demócrata cristiano progresista, de las trece personalidades que se abstuvieron de apoyar a Pinochet, en el golpe de Estado. Seguramente, como buen cristiano moderno, no creen mi existencia. Los únicos que aún me siguen son el cardenal Jorge Medina, el padre Raúl Hasbún y San José María Escrivá de Balaguer. Estoy aburrido de la compañía de herejes, como el tal Feuerbach, que inventó la estupidez de que los hombres pobres tienen un Dios rico y los ricos, un Dios pobre. El príncipe Bakunín me tiene harto con su “ni Dios, ni amo y, el barbudo Carlos Marx, con la tontería de que “la religión es el opio de los pueblos”; ni hablar del loco Nietzsche, que andaba con una cuchilla matando a Dios. Todos estos tipejos ateos no me dejan tranquilo.
Yo, como Eugenio Tironi, Enrique Correa, Ricardo Lagos, y otros, decidí renovarme, no ser más el ángel rebelde y buscar la democracia de los acuerdos, con el probrete de Jesús; al fin y al cabo, por el dinero no me costaría nada reconocer su existencia y funcionar en una democracia consociativa o de los acuerdos: un pedazo para los demócrata cristianos de Jesús y, otra, para los socialistas del demonio. Por desgracia, el infierno está arruinado por culpa de un Papa, que se le ocurrió eliminar el purgatorio, que era como la sala de espera de los hospitales; ahora me han invado todos los miserables de la tierra: aquellos que mueren en las guerras, sin tener nada que ver; los árabes que el borracho y criminal de Bush tortura todos los días; los niños que mueren de hambre. Sin embargo, por consejo de un demócrata cristiano, me compré unos bonos de CODELCO que, seguramente, me darán buenos rendimientos para poder recibir a tanto nonato.
He sabido que usted, don Beli, está preocupado por investigar a los anarquistas que están dejando la tendalada en Tontilandia. Si leyera diarios extranjeros, como Le Monde, podría saber, querido ministro, que en un país civilizado, como Francia, durante un mes ningún policía se atrevió a entrar a la banlieue del norte de París; no le pido que lea historia de Chile, pero posiblemente Ud. era niño cuando los “rotos” invadieron Santiago, el 2 de abril de 1957. Para qué hablar del tacnazo, del tanquetazo, del golpe de Estado de 1973 y, si regresamos al pasado, la matanza de Santa María de Iquique, la huelga de la carne, de Ranquil, la Coruña y Salvador. A quién se le ocurrió decir que Chile es un país ordenado y pacífico, donde no hay ni huelgas, ni matanzas, ni terremotos? Está bien que se la crean los pillines del Fondo Monetario Internacional, para darnos una muy buena calificación del riesgo país.
Querido don Belisario: ahora, que me he converti en un neoliberal de tomo y lomo, le puedo aconsejar que es necesario distinguir entre las ideologías y las acciones violentas, aun cuando esto no es muy fácil: claro, no es lo mismo el protestantismo de George W Bush y la cruzada contra los musulmanes, que las torturas y asesinatos llevadas a cabo en la cárcel de Guantánamo; poco tiene que ver Marx con Stalin y sus crímenes; bueno, pero todo esto no es más que una tautología. Aquí me han enviado al aburrido de Torquemada, algunos agentes de la KGB y a otros de la CIA, que son bien tontos y completamente inútiles. Si quiere, se los envío a su oficina.
Volvamos al anarquismo, que hoy ocupa gran parte de su agenda: hay algunas personas que siguen este pensamiento que no matan una mosca, es el caso del conde León Tolstoi, el mejor novelista de todos los tiempos, que quiso construir una comunidad donde no existiera el dinero, ni el poder, y donde se impartiera una educación libre y solidaria. La verdad es que estos no violentos, la mayoría de las veces, son más peligrosos que los estúpidos vándalos que asolaron Santiago sólo para divertirse, haciendo la vida muy desagradable a los pobres pobladores. También hubo anarquistas en la Grecia antigua, entre los cuales se cuentan los cínicos, llamados, “perros”, cuyo jefe era Diógenes de Sínope, quien se burlaba, sin ningún temor, de Alejandro Magno y del pedante de Platón.
Otro aristócrata anarquista era Miguel Bakunin, (1814-1876), quien escribió un libro, Ni Dios, ni amo, cuyas ideas, hasta ahora peligrosas: cómo se le puede ocurrir eliminar la propiedad privada, el derecho a herencia, el matrimonio, el Estado, la policía, los Tribunales de justicia, en fin, toda forma de sometimiento del hombre por el hombre. A este tipejo lo eché del infierno hacia la nada budista. El otro también era un príncipe, de nombre Pedro Kropotkin, (1842-1923), quien escribió un libro muy difundido, La conquista del pan; él decía que sin igualdad no había justicia y, sin justicia, no habría moral; distinguió el Estado del gobierno y decía que todo gobierno servía a los ricos, algo que, a lo mejor, lo aprendió del profesor Lagos.
También hay ácratas peligrosos, seguía diciendo don Sata; en ese momento, don Belisario se limpió los anteojos y puso mucha atención a las revelaciones de su interlocutor: claro, en Estados Unidos un químico, llamado Johan Most, redactó un panfleto “la ciencia de la guerra revolucionaria”, manual de instrucciones para el uso de la nitroglicerina, dinamita, algodón de poltrona, fulminato de mercurio, bolas de espolonetas y venenos. No le parece que este hombre era más poderoso que el Berríos de la DINA y de tanto loco suelto, gracias a la condescendencia de los gobiernos de la Concertación? Los norteamericanos funcionaron al gusto de la derecha fascista chilena y no dudaron en ajusticiar a dos miserables obreros italianos, Nicolás Saco y Barlolomeo Vancetti que, se sospechaban, habían dado muerte a un guardia.
Pero el peor de todos estos criminales fue el francés Rabachol, que le robaba a los ricos para regalarle a los pobres. Este bombero loco mató a miles de franceses, en un restaurant, y se hizo tan popular que la famosa Carmagnol, fue cambiada de la siguiente manera: “llegará, llegará, cada burgués recibirá su bomba”. Ahora sí, don Belisario, los desesperados anarquistas han entrado en pleno terrorismo. Un sujeto, Émile Henri, tiró una bomba en la Place Saint Lazare sólo para aterrar a los funcionarios públicos que, con su borreguismo, servían al capitalismo.
Estos hombres eran terroristas individuales, algunos de ellos tragicómicos, como aquel que lanzó una bomba de ruido en pleno parlamento francés, pero hubo también un anarquismo con enorme poder de masas, como lo fue el español en las provincias de Cataluña, Aragón y Andalucía que, en plena guerra civil española intentaron, nada menos, que practicar el comunismo libertario, siendo perseguidos por los estalinistas. Como Chile es un país en broma, las peleas entre comunistas y anarquistas criollos son una pálida copia de los enfrentamientos barceloneses. Como Ud. debe saber señor ministro, muchos de los exiliados españoles que viven en Chile fueron, en su juventud, anarquistas. Dicen que un tal Demarchi, obrero anarquista porteño, le enseñó la solidaridad al presidente mártir, Salvador Allende. No se le vaya a ocurrir molestar, en su tumba, a unos de los mejores narradores chilenos, como Manuel Rojas, o al timidísimo autor de Las vidas mínimas, José Santos González Vera, o al poeta Domingo Gómez Rojas, por el solo hecho de haberse declarado anarquistas. Bueno, su excelencia, dejaremos para otro artículo el prontuario de los anarquistas chilenos y la historia de las leyes represivas para “defender la democracia”.
Lo saluda, atentamente, su seguro servidor, El “Malulo”, ahora agente de la Bolsa de Comercio de Santiago.