Por AL
“Habíamos saltado sobre el lomo de la historia y la sentíamos debajo de nosotros (. . .) había en ello una ilusión bastante idealista de que éramos precisamente nosotros los que inaugurábamos una época de la historia de la humanidad en la que el hombre (cada uno de los hombres) ya no iba a estar al margen de la historia ni bajo el yugo de la historia, sino que sería él quien la dirigiese y la creara.”

Milan Kundera. La broma.

No sé si era exactamente cuando yo era pingüino o un poco después. Con los años, la infalibilidad de la memoria se ha ido desmoronando, pero sé que fue durante los días de juventud y la utopía de la revolución. Veníamos de vuelta de la generación que escribió “El Mercurio miente” en un gigantesco lienzo colgado en el frontis de la –hasta entonces- ejemplar Pontificia Universidad Católica. Nosotros habíamos aprendido de esa revuelta, que también fue histórica, y queríamos ser el nuevo eje de los cambios sociales. Eran los ’70, y en pleno sueño llovieron balas, pero ese es otro cuento. En esos años, digo, yo leía a Milan Kundera.
Leer a Kundera por los ’70 no era exactamente bien visto entre los jóvenes de izquierda. Él todavía no era suceso en Occidente, como lo fue después de La insoportable levedad del ser, pero ya había publicado La broma y La vida está en otra parte. En ambos, se había revelado tremendamente escéptico frente a los procesos revolucionarios monopolizados por un partido. Cierto que a esas alturas ya estaban más que sabidos los crímenes del estalinismo, pero a nuestra izquierda no le caía bien sentirse parte de esto. Las traducciones que llegaron hasta mí me impactaron por su lucidez, a pesar de todo.
A décadas de esas vivencias, y en pleno conflicto estudiantil, releo a Kundera en sus primeras versiones. Parecen misteriosamente conectados. Mi entusiasmo furioso ha dado paso, como en todo proceso, a una reflexión más acabada sobre la euforia generalizada y sobre la mía propia. Mareado de entusiasmo, tomo otra vez al autor checo, y lo encuentro hablando del vértigo de la historia. Los jóvenes de sus novelas, utópicos, entusiastas, furiosamente reformistas, terriblemente conmovedores en su empuje, iban, en realidad, ebrios de historia, cabalgando en el lomo de las enciclopedias futuras y las consignas de la posteridad. Tal como nuestros estudiantes.
Cierto, el movimiento ha decantado. La aprobación y el ánimo decaen. Los liceos se ‘descuelgan’, algunos dirigentes se ‘bajan’, los chicos corren el riesgo de ser ‘instrumentalizados’, la lucha se desgasta. ¿Dejan de tener razón? No. ¿Deben bajar los brazos? No. El tema es otro. El tema es cómo, cuándo, bajarse de la cresta de la ola, cuándo dejar de marchar por las calles y sentarse a conversar. Cuándo deponer por un segundo el ‘no pasarán’ heroico y aceptar que no hay revolución permanente ni sociedad que lo resista. Cuándo dejar de gritar exigencias y darse cuenta de que están siendo oídos. Cuándo desemborracharse del tobogán de la historia, de la sensación orgásmica de ser pioneros, de la admiración general.
Si a mí me preguntan, una buena parte de la rigidez que hemos visto en los últimos días del conflicto estudiantil, así como de la evolución en los modales –cada vez más grandilocuentes, cada vez más estudiados y retóricos, como se puede ver especialmente en el ‘Conejo’ Juan Carlos Herrera-, es responsabilidad de los medios.
Borrachos de entusiasmo nosotros también, transidos de asombro, los hemos transformado en los reyes del micrófono, hemos endiosado su incuestionable capacidad como líderes, los hemos llevado en andas durante cada jornada, les hemos entregado grabadoras y hemos cargado sus pancartas. Es simple: son nuestros jóvenes, son nuestros hijos los que golpean la mesa. Son además nosotros hace décadas, sólo que a ellos sí les está resultando el sueño, y con su triunfo exorcizamos nuestros fracasos.
Pero se nos olvidó que son también niños, en el fondo. Que si los viejos como nosotros se engolosinan con una pequeña parte de poder, cómo no se van a sentir mareados ellos también. Que levante la mano el que crea que a los 16, 17 ó 18 años podría haber manejado ese vértigo del ego, la visibilidad y la belleza del propio discurso. Yo me declaro incompetente.
Sólo uno de ellos –César Valenzuela- se bajó a tiempo de esa ebriedad. No se puede exigir de estos chicos –firmes, claros, fuertes, carismáticos-, que además de su capacidad de liderar un movimiento de proporciones nunca antes vistas, sepan exactamente cuál es el momento de parar. ¿Lo sabemos nosotros? Cuando se cabalga la Historia (así, con mayúscula) a pelo, ¿quién se quiere apear de ella?
Entusiasmado, preocupado, confiando en estos pingüinos comprometidos y estremecedores, abro a Kundera y, otra vez, me interpela. “No es culpa de los jóvenes el que actúen; no están hechos del todo, pero se encuentran en un mundo que ya está hecho y tienen que actuar como hechos. Por eso utilizan rápidamente las formas, los modelos y los guiones que más les gustan, que se llevan, que les sientan bien, y actúan.”